El Eco de los Sueños Compartidos

 



El Eco de los Sueños Compartidos

En la calle Luis Alberto de Herrera, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, algo extraordinario sucedía cada tarde. A las 17:00 horas, como si un rito secreto convocara a los corazones, vecinos de todas las edades se reunían frente a la vitrina de una tienda modesta, donde el dueño —un hombre de mirada serena y manos de artesano— había colocado varias televisiones encendidas.

Las pantallas brillaban como oráculos modernos. Mostraban mundos lejanos, gestos humanos, colores que danzaban. Y allí, en la vereda, se formaba un círculo invisible: mayores con sus recuerdos, jóvenes con sus preguntas, niños con sus ojos abiertos como lunas. Nadie hablaba fuerte. Solo suspiros, algún comentario bajito, y el silencio ritual de quienes están presenciando un milagro.

La televisión no era solo un aparato. Era una ventana al sueño colectivo. Cada imagen que aparecía parecía tocar una fibra íntima, como si el alma del barrio se reflejara en esos destellos. El dueño de la tienda no vendía tecnología: ofrecía esperanza, curiosidad, pertenencia.

Y así, durante semanas, meses quizás, la calle Herrera se convirtió en un santuario cotidiano. No había templo, pero sí devoción. No había altar, pero sí luz. No había sermón, pero sí comunión.

Porque en ese rincón del mundo, la televisión no era ruido: era el susurro luminoso de una comunidad que soñaba despierta.

La Ceremonia de las Imágenes

Capítulo II: El Eco de los Sueños Compartidos

Con el paso de los días, la reunión frente a la vitrina se volvió costumbre sagrada. Ya no era solo curiosidad: era ceremonia. A las cinco en punto, como si el barrio entero obedeciera a un reloj invisible, los pasos comenzaban a acercarse. Algunos traían banquitos, otros se sentaban en el cordón de la vereda. Las madres con sus hijos, los abuelos con sus memorias, los jóvenes con sus preguntas. Todos bajo el mismo cielo, frente a las mismas pantallas.

El dueño de la tienda, que al principio solo encendía los televisores por cortesía, comenzó a notar algo más profundo. Cada rostro reflejaba una historia. Cada silencio, una emoción. Así que empezó a ajustar el volumen, a elegir cuidadosamente los canales, como quien prepara un altar para la contemplación.

Una tarde, sin previo aviso, colocó una pequeña flor sobre el marco de la vitrina. Nadie preguntó por qué. Pero al día siguiente, alguien dejó una ramita de romero. Luego, una niña dibujó un sol y lo pegó en el vidrio. Y así, la vitrina se transformó en mural vivo, en altar de barrio, en testimonio de que la tecnología también puede ser puente, también puede ser rito.

Las imágenes que salían de las pantallas ya no eran solo entretenimiento. Eran espejos. Eran susurros. Eran el eco de los sueños compartidos que, por unos minutos cada tarde, convertían la calle Herrera en un templo sin muros.


🌟 O Eco dos Sonhos Compartilhados 🌟 (En Portugues)

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 🌟 The Echo of Shared Dreams 🌟 (En Ingles)

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