“El Mirador del Renacimiento”
En lo alto del tercer piso del Hotel Mirador, el viajero se
sentó en silencio. Frente a él, la naturaleza tejía historias invisibles entre
ramas, aves y reflejos. No era un turista. Era un peregrino del alma.
El balcón se volvió altar. Cada sonido, cada brisa, cada luz
del anochecer era un mensaje. El mundo no hablaba con palabras, sino con
presencia. Y él escuchaba.
Durante el día, recorrió los caminos como quien honra la
tierra. Saludó a los árboles, conversó con los rostros que cruzaban, y frente
al río, se detuvo. No para mirar, sino para agradecer. El agua le devolvía su
reflejo, pero también su esencia.
En ese instante, comprendió que el cuerpo también es
paisaje. Que la gratitud fortalece. Que la plenitud no se busca, se recuerda.
Al caer la noche, todo quedaba iluminado. No por lámparas,
sino por la luz interior que había despertado. El viajero ya no era el mismo.
Había retornado a sí mismo, renovado, fortalecido, florecido.
Y desde entonces, cada vez que alguien se sienta en ese
balcón, algo invisible los abraza. Porque el Mirador no es solo un hotel. Es un
umbral.
Desde el balcón del Hotel Mirador, el viajero contempla la
naturaleza como espejo del alma. En Salto, cada paso se convierte en ritual,
cada encuentro en símbolo. Frente al río, la gratitud florece y el cuerpo se
fortalece. Este relato celebra la plenitud, la renovación y el regreso a uno
mismo con luz interior.
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