“El viajero del tiempo: Salto como altar de memoria”
Capítulo I: Javier y el tren del asombro (Salto, 1940)
Era el año 1940. Javier, con apenas 19 años y una valija de
cuero gastado, subía al tren que partía desde Montevideo rumbo a Salto. El
silbido metálico marcaba el inicio de una travesía que no solo cruzaba
kilómetros, sino también sueños. El vagón de madera crujía con cada curva, y
los paisajes se desplegaban como acuarelas vivas: campos infinitos, estaciones
con aroma a yerba mate y pan casero, saludos desde los andenes.
Javier viajaba con los ojos abiertos y el corazón encendido.
Compartía historias con desconocidos, escribía versos en su cuaderno, y cada
parada era un altar de descubrimiento. Al llegar a Salto, la ciudad lo recibió
con calles empedradas, bicicletas, y el murmullo del río Uruguay como banda
sonora. El Hotel Concordia, el Mercado 18 de Julio, las termas naturales: todo
parecía detenido en una sinfonía de tiempo lento y humano.
Ese viaje fue más que un traslado: fue una iniciación.
Javier volvió con la certeza de que cada trayecto podía ser un rito de
transformación.
Capítulo II: Javier y
el auto del renacimiento (Salto, 2025)
Ochenta y cinco años después, Javier —ahora un hombre de
mirada luminosa y espíritu viajero eterno— emprendía nuevamente el camino a
Salto. Esta vez en su auto híbrido, acompañado por Felicita, su valija doble, y
una playlist ritualista que celebraba la primavera.
Las rutas eran otras: asfaltadas, veloces, bordeadas por
estaciones de servicio y cafés modernos. El GPS marcaba cada curva, pero Javier
seguía guiándose por la intuición. Paraba en pueblos para tomar mate con
artesanos, fotografiaba murales nuevos, y grababa relatos para su blog del
Portal del Sol.
Al llegar a Salto, la ciudad lo sorprendió con avenidas
amplias, arte urbano, y una mezcla vibrante de historia y renovación. Las
termas seguían allí, pero ahora con spas y rituales de bienestar. El Mercado
tenía puestos gourmet, y el río seguía cantando, aunque ahora con kayaks y
luces LED.
Javier se emocionó. No por lo que había cambiado, sino por
lo que permanecía: la capacidad de asombrarse, de compartir, de ritualizar el
viaje. En su bitácora escribió:
“Salto sigue siendo Salto. Pero yo soy otro. Y sin embargo,
el mismo.”
“O viajante do tempo: Salto como altar da memória” (En Portugues)
https://relatosdelportaldelsol.blogspot.com/2025/11/o-viajante-do-tempo-salto-como-altar-da.html
“The Time Traveler: Salto as an Altar of Memory” (En Ingles)
https://relatosdelportaldelsol.blogspot.com/2025/11/the-time-traveler-salto-as-altar-of.html
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