El Surco de la memoria
El Surco de la Memoria
El sol comenzaba su lento descenso tras el horizonte del Portal del Sol, tiñendo el jardín de un naranja tan intenso que parecía encender las hojas de los árboles. El canto de los pájaros, que durante el día era un alboroto de vida, empezaba a transformarse en un murmullo suave, como si ellos también se prepararan para el descanso.
Dentro de la casa, el aire olía a lo que está por venir: el aroma dulce y ácido de las rodajas de manzana saltando en el agua hirviendo de la caldera. El silbido de la tetera aún no llegaba, pero el silencio ya estaba ocupado por otra presencia.
Con cuidado, casi con respeto, coloqué la aguja sobre el disco. Ese primer "crack" —el pequeño crujido del roce del diamante con el vinilo— fue como el encendido de una hoguera antigua. De repente, una melodía suave empezó a flotar por la sala, llenando los rincones con una textura que el viento no podía arrastrar. No era solo música; era una vibración que se sentía en la madera del suelo.
A mis pies, Betty jugaba distraída. Sus risas pequeñas se entrelazaban con los acordes del piano que salía del tocadiscos. Verla ahí, en su mundo de juegos mientras el disco giraba y el té se preparaba, me hizo pensar en la belleza de lo que permanece. El vinilo, con sus surcos tallados hace décadas, y ella, con toda su vida por escribir, compartían ese momento de calma absoluta.
En el Portal del Sol, el tiempo no corre; gira, igual que ese disco, permitiéndonos disfrutar de cada nota antes de que la noche caiga finalmente sobre el jardín.
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