Una tarde de verano en el Portal del Sol
Una Tarde de verano en el Portal del Sol.
El aire en el Portal del Sol tenía un aroma particular esa tarde: una mezcla de pino templado por el calor, tierra seca y el perfume dulce de los jazmines que anunciaban, sin dudarlo, que el verano finalmente había llegado.
No era una tarde cualquiera; era el reencuentro. De dos amigos,
Julián y Mateo se sentaron en el viejo muro de piedra, el punto exacto donde el valle parece abrirse para dejar pasar la brisa. Durante meses, las responsabilidades y la distancia habían mantenido sus risas en pausa, pero bastaron cinco minutos bajo aquel cielo naranja para que el tiempo se evaporara.
- La risa: Comenzó con un chiste interno, uno de esos que nadie más entiende.
El sol, en su punto más bajo, bañaba todo de un dorado intenso, haciendo que hasta las sombras parecieran llenas de vida.
No hablaban de lo que debían hacer, sino de lo que soñaban ser.
A medida que el calor del día cedía paso a la frescura del atardecer, la energía en el Portal del Sol cambió. Se escuchaba a lo lejos el sonido de una guitarra y el murmullo de otros amigos que se acercaban. En ese instante, Julián sintió esa chispa interna: la alegría del verano no es el clima, es la compañía.
De repente, tras una anécdota especialmente graciosa que los dejó sin aliento de tanto reír, el silencio se volvió cómodo, profundo y lleno de gratitud.
Antes de que la primera estrella apareciera, Mateo se puso de pie y extendió la mano. Al levantarse, ambos se fundieron en un abrazo fraterno, de esos que aprietan lo justo para decir "estoy aquí" y "gracias por volver". Fue un gesto genuino, un sello de lealtad que encendió simbólicamente la temporada.
En el Portal del Sol, esa tarde, no solo bajó la temperatura; se encendió una luz mucho más potente: la de una amistad.
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