“La ronda de los gestos”

 



La ronda de los gestos

Cada miércoles, cuando el sol empieza a declinar, un grupo de almas se reúne en silencio. No hay discursos ni promesas, solo gestos. Uno ofrece una taza de té, otro comparte una historia, otro simplemente escucha. Así comienza la ronda.

La resiliencia no llega como escudo, sino como abrazo. En cada palabra dicha con ternura, en cada mirada que sostiene, en cada pausa que respeta el dolor sin apurarlo. La amistad se vuelve raíz, el diálogo se transforma en río, y los gestos… en semillas de esperanza.

No importa cuán rotos hayan llegado. En la ronda, todos son enteros. Porque lo que se comparte no es la perfección, sino el deseo de seguir caminando juntos.

Y así, cada miércoles, la ronda se convierte en ritual. Un acto de humanidad que florece en comunidad.

 

Capítulo II: “El eco de la ternura”

Después de cada ronda, cuando las palabras se aquietan y los gestos se disuelven en la brisa, queda un eco. No es ruido ni recuerdo: es ternura que persiste. Como si cada acto de amistad dejara una huella invisible en el aire, una melodía que acompaña a cada alma en su regreso.

Uno de los participantes, que había llegado con el corazón cansado, se detiene bajo un árbol. No habla, no escribe, solo respira. Y en ese silencio, siente que algo cambió. No por lo que se dijo, sino por lo que se sostuvo: la presencia, el respeto, la esperanza compartida.

La resiliencia, entonces, no es solo resistencia. Es el arte de dejarse tocar por la ternura sin romperse. Es saber que, aunque el mundo duela, hay rondas donde el alma puede descansar.

Y así, cada gesto se convierte en semilla. Cada miércoles, en ritual. Cada encuentro, en eco que transforma.


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