Una tarde de pesca.
Una tarde de pesca. El sol de enero en la costa del Río Uruguay no calienta, abraza. El aire traía ese olor a agua dulce y sauce llorón que solo conocen quienes han pasado sus eneros descalzos sobre la arena. Todo comenzó temprano, cuando el río aún es un espejo de plata. El Abuelo, con su sombrero de paja ya curtido por mil pescas, preparaba los aparejos con una paciencia religiosa. — “El secreto no es el anzuelo, es saber esperar” —decía, mientras los nietos intentaban, con más entusiasmo que técnica, lanzar la línea sin enredarse en las ramas. Hubo piques fallidos, risas por los " mojarreros " que se escaparon y, finalmente, el tirón firme que anunció el banquete de la noche. Las sonrisas en las fotos de ese momento no eran para la cámara, eran para el río. A media tarde, el calor dio paso a la acción. En un claro entre los árboles, se armó el picado de fútbol . No importaban las camisetas ni el marcador; importaba el polvareda levantada, el grito de gol que espantaba a ...